LA FERIA
Sr. López
¡Éntrele!
Ya le conté de tío Juan de Dios, señor elegante como para rentarlo para bodas, fino de trato que hablando era un Demóstenes y vivía de eso (bien), dando conferencias en parroquias, asociaciones y colegios católicos, sobre vida cristiana, noviazgo cristiano, matrimonio cristiano, todo cristiano. Pero la familia sabía que el tío era puro cuento: era parrandero y jugador, cliente distinguido de Casa la Bandida, especializada en esparcimiento masculino, y con varios hijos extraoficiales. Viejito él (elegante), este menda le preguntó si no le daba pena dar esas conferencias y con extrañeza, respondió: -¿Pena de qué?… ¿de dar consejos?- bueno, visto así.
El discurso político defendiendo la soberanía del propio país, a veces es obligado, por ejemplo, el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelenski, no se cansa de hablar en defensa de la soberanía y la integridad del territorio de su país, claro, lo invadió Rusia hace casi cinco años y están en guerra. Pero otras veces es cinismo hablar de la defensa de la soberanía, como cuando Vladimir Putin justifica su agresión a Ucrania, en nombre de la soberanía rusa… ¡caray!
Por otro lado, hay veces en que hablar en defensa de la soberanía no es sino coartada, disfraz. Un ejemplo indiscutible es Nicolás Maduro quien como presidente de Venezuela, discurseaba infatigablemente contra la injerencia de “potencias occidentales” (los EUA), contra las presiones diplomáticas, contra las sanciones económicas internacionales, con una retórica soberanista que encubría su burda dictadura personal que incluía asesinatos y encarcelamiento de opositores.
Nadie en el planeta con la cabeza en su lugar le creía sus arengas al bruto Maduro. Ahora, aunque contra todo derecho, está preso en los EUA, que no fueron a Caracas a sacarlo en pijama por amor al pueblo venezolano, sino por amor al petróleo, que si fuera por defender la libertad y la democracia, ya hubieran ido a Nicaragua por otro peor, Daniel Ortega.
Los que parece que saben, señalan varias circunstancias en las que el discurso en defensa de la soberanía de un país, es grandilocuencia hueca, como cuando el gasto público de ese país precisa deuda externa, que le presten dinero del exterior; o si la producción de alimentos de ese país es insuficiente y está supeditado a las importaciones; lo mismo con combustibles y energía. En estos tres casos la soberanía es una fantasía. No es viable ese país, su supuesta soberanía solo apunta a que no lo gobierne el extranjero, pero dependiendo su subsistencia y estabilidad, del extranjero que le presta y vende, sin el menor interés en gobernarlo, nadie quiere cargar problemas ajenos.
Pero, hay peor discurso soberanista, el de gobernantes que instrumentalizan la no injerencia y la defensa de la independencia absoluta del extranjero, al tiempo que son incapaces de asegurar el control del territorio completo de su propio país, al tiempo que no pueden proteger a toda su población de caciques o criminales que como gobernantes alternos, imponen su ilegítima autoridad, sus arbitrarias reglas e impuestos ilícitos, las extorsiones. Esos gobiernos son adalides de la soberanía nacional contra supuestas y casi siempre inexistentes amenazas extranjeras, sin defender la soberanía interna o sin poder garantizarla.
En este último caso, esos gobernantes usan el parloteo de la soberanía para desviar la conversación pública de las crisis internas, de los fracasos, del rumbo equivocado, de la mutua impunidad con que aglutinan el aparato de gobierno. No resuelven problemas, los niegan, los ocultan, los administran.
También argumentan esos gobernantes que son amenazas a la soberanía, el examen, el escrutinio internacional. Rechazan las evaluaciones sobre calidad democrática, derechos humanos, transparencia, corrupción, criminalidad, salud y educación. Toda revisión no realizada por ellos mismos, es injerencismo, viola la soberanía. En el mismo sentido, desacreditan a los medios de comunicación nacionales y extranjeros, si señalan fallos, retrocesos o crímenes de Estado.
Falta mencionar otra variante de ese discurso patriótico frente a todo lo extranjero, en defensa de la independencia y la soberanía, mientras violan la soberanía popular, la de sus ciudadanos, manipulando o deformando leyes electorales y trampeando los comicios.
Ayer, la presidenta Sheinbaum en su discurso previo al desfile del patriótico día, dijo muy fervorosamente: “(…) México no será nunca colonia ni protectorado de nadie, México no se doblega, no se arrodilla y nunca se vende”.
Pues no, ni quien tenga el menor interés en colonizar más de dos millones de kilómetros cuadrados con 130 millones de habitantes (mexicanos). Ni quien quiera asumir las responsabilidades de hacernos protectorado (la señito no tiene la menor idea de lo que es un protectorado: dejar los asuntos internos en manos del país y asumir su representación diplomática, vigilar que le cumplan sus tratados internacionales y brindarles seguridad militar… ya parece).
De eso de que no se doblega México ni se arrodilla… ante el crimen organizado sí: el 74% de la población se siente inseguro, dice el Inegi.
Aparte, hay no pocos indicios de la presidencial complacencia mayor con la Casa Blanca, con una única excepción: no tocar a sus cómplices de gobierno y partido.
Por pura mala pata de nuestra palaciega, ayer hizo público el Departamento de Estado de los EUA, el documento que por obligación legal envió el Trump a su Congreso, identificando a los principales países de tránsito o de producción de drogas ilícitas.
Habla de México, comedidamente; habla de doña Sheinbaum, en inmejorables términos. Pero insiste en lo que ya ha insistido hasta el hartazgo, dice al final del párrafo quinto: “(México debe) desenmascarar, detener y enjuiciar a los numerosos funcionarios públicos corruptos que han ayudado y sido cómplices de los carteles y han traicionado la seguridad y la soberanía de su propio país”.
¿Ya ve doñita?, hasta el Trump se preocupa por nuestra soberanía. ¡Éntrele!
