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José Ureña

Con los pelos de punta.
Oyendo hablar a tía Queta (Enriqueta), lado materno-toluqueño, parecía que lo perfecto era posible. Todo en su vida era inmejorable; tío Carlos, su difunto marido, había sido ejemplar; Queta Chica, su hija, seguramente sería canonizada y Carlos Chico, era un hijo de presumir. Nadie la contradecía pero las señoras se cruzaban miradas raras.

Ya grandecito este menda, Pepe, el más impresentable primo que tenerse pueda, le explicó esos intercambios de miradas: tío Carlos no existía, tuvo a sus hijos con un señor que nadie supo nunca quién fue (bueno, ella sí); Queta Chica no estudiaba carrera en la Ciudad de México, era querida de un político en Tlaxcala; y Carlos Chico no se había ido a Londres con una empresa muy importante, sino a las Islas Marías con una larga sentencia. Toda la familia lo sabía y ella sabía que lo sabían. No digería su realidad. Pobre mujer.

No se ofenda pero… ¡qué difícil que el mundo respete a México! Mire, es de todos sabido que en nuestro risueño país se venden productos pirata, falsificados, relojes, ropa, tenis, lentes de sol, perfumes, cigarros, plumas, licores, galletas (las Oreo), y más cosas. Bueno, el viernes pasado, informó la prensa que se están vendiendo (mucho), huevos falsos, de gallina, claro.

Usurpan la marca San Juan -hacen cajas con su logotipo y marcan los huevos igual, uno por uno-; pero esos huevos pirata tienen salmonela. Créalo, un país en el que se falsifican huevos, es muy difícil que lo respete nadie, pero que encima tengan salmonela, ya es de burla perpetua.

Que haya refinerías clandestinas, que el 30% de los combustibles que nos venden en las gasolineras sea robado o de contrabando, pasa, digo, está peor que mal, pero cuando menos no es la vulgaridad de falsificar huevos. ¿Qué sigue, legisladores piratas?… no, ya hay panistas y priistas clonados a morenistas. El cielo es el límite.

Así vistas las cosas, de veras es de dar ternura nuestra Presidenta, insistiendo en su madrugadoras que México no es piñata de nadie, que somos un país soberano, que nadie va a venir a decirnos cómo gobernarnos, que acá manda el pueblo. Y nuestros vecinos del norte, Canadá y los EUA, mirándola con compasión, comprendiendo pero escandalizados, eso sí. Nada más falta que se enteren de nuestros huevos falsos. ¡Qué pena con las visitas!

Y debemos reconocer que doña Sheinbaum aguanta vara, no debe ser fácil hablar por teléfono con el tal Trump, haciendo como que está muy quitada de la pena, sabiendo que él sabe de nuestro tiradero, porque el tipo ese sabe, igual que sabe el primer ministro de Canadá, Mark Carney; igual que Europa y Asia (África y Oceanía, también), que el mundo sabe que México se está cayendo a pedazos.

Sin insistir en las reformas legales cuatroteras que son de espantar al más bragado, ni en sus obras esperpénticas que son una hemorragia de dinero y un rosario de tropiezos, accidentes y tragedias, sin meternos en esas sutilezas, nada más imagínese usted qué piensan de México, a la luz de nuestros índices de criminalidad que algo dicen de la ineficiencia, colusión o complicidad (no son lo mismo), de nuestras autoridades con el crimen organizado y también de la calidad de la melcocha nacional, porque los delitos comunes, del crimen desorganizado y de los delincuentes de ocasión, son radiografía de un pueblo… peculiar, digamos, porque suena horrible decir que somos una sociedad irresponsable (usted no lo diga).

Como las comparaciones son odiosas, le transcribo unos cuántos datos del año 2025, todos de fuentes oficiales: de México, de la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública del Inegi y del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública; de los EUA, del FBI (verificados por el Pew Research Center); de Canadá de su Departamento de Estadísticas:

Índice de homicidios por cada cien mil habitantes: México, 25.8; EUA, 4.3 (seis veces menos); en Canadá fue el 1.61, si puede usted creerlo. ¿Cómo nos ven?, como estamos: chorreando sangre (y este índice de México es el oficial, el de las cuentas alegres de Sheinbaum-Harfuch & Cía.).

Índice de secuestros en México, 0.54 por cada cien mil tenochcas; en los EUA, 0.02 (allá el secuestro para pedir rescate, es un delito considerado como “extremadamente raro”); Canadá no lo contabiliza por los pocos casos que hay (si lo checa en internet, busque bien, aparece un número muy alto pero se refiere a otros delitos, como papás que se llevan a sus hijos sin consentimiento de las mamás, “desacuerdos por custodia de menores”, les dicen, es otra cosa). Sea lo que sea, México tiene el 2,700% más de secuestros que los EUA y en Canadá son tan pocos que para sus autoridades no vale la pena calcularlos respecto de la población. ¿Cómo nos ven?, como somos.

En México, la incidencia delictiva general (este dato es del 2024), es de 34,918 delitos por cada 100 mil habitantes; en los EUA, 348.6 por cada 100.000 habitantes; en Canadá, 5,585. El gobierno de los EUA reporta un continuo descenso de crímenes en su país.

Un agravante de todas las cifras sobre México es que solo se denuncia, según el gobierno, el 9.6% de los delitos. Puede usted multiplicar por diez (a brocha gorda), las cifras nacionales.

Para el gobierno todo está bien y va a estar mejor, por eso bajan el presupuesto federal para la Secretaría de Seguridad, la del Kalimán Harfuch (Batman es gringo): en 2024, le asignaron 105 mil millones de pesos (mdp); en 2025, primer año de la doñita en Palacio, bajó a 70,422 mdp y este 2026, ya nada más le tocaron 60,110 millones, que es 42.75% menos respecto de 2024. Hacen bien, para qué malgastar dinero.

La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública detalló el año 2024, que en el 29% de los hogares del país (11.4 millones), al menos un integrante fue víctima del delito; o sea: al menos 43 millones 890 mil tenochcas sufrieron un delito, ese año.

¿Cómo nos ve el mundo?, como un franciscano a una tribu caníbal, con los pelos de punta.

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