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Por: Fernando Hinterholzer Diestel

EL CAMBIO CLIMATICO: CUANDO LOS GOBIERNOS VOLTEAN A OTRO LADO

Durante muchos años, el termino cambio climático fue planteado como una advertencia para el futuro de la humanidad. Hoy en día, esa historia ha quedado rebasada por la certeza de las circunstancias climáticas. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) informó que el año 2024 fue el año más caliente desde que existen registros sistemáticos y, por primera vez, la temperatura media global se ubicó aproximadamente 1.55 °C por encima de los niveles preindustriales. El dato señala el rápido cambio climático de nuestro planeta Tierra, a una velocidad que supera la capacidad de adaptación de muchas sociedades. Los mares y océanos acumulan niveles extraordinarios de calor, el nivel medio de los océanos continúa aumentando y la concentración de gases de efecto invernadero sigue creciendo. Algunos de estos procesos persistirán durante siglos, incluso si las emisiones disminuyeran de manera inmediata.

Frecuentemente asociamos estas crisis con informes sobre glaciares que desaparecen o especies en peligro de desaparecer o precipitaciones extremas. Pero lamentablemente, sin minimizar a esos fenómenos, el impacto más inmediato se mide en términos humanos. Las sequedades prolongadas comprometen la producción de alimentos; inundaciones destruyen infraestructura crítica; incendios forestales desplazan comunidades enteras; olas de calor saturan los sistemas de salud y reducen la productividad económica. El cambio climático ya no significa únicamente un desafío ambiental: se ha convertido en un problema de seguridad alimentaria, estabilidad económica, salud pública y gobernabilidad. Desde hace un par de meses el planeta ebulle y Europa se “rostiza”. Las advertencias que por décadas han hecho los científicos sobre el cambio climático son una realidad, pero amplificada, porque los fenómenos meteorológicos se han vuelto cada vez más extremos y peligrosos.

Durante la última semana de junio, Europa vivió la ola de calor más extrema y mortífera de la que se tenga registro; en esos días sumaron alrededor de tres mil muertos. Pero ahí no paró. Los sistemas de salud se vieron rebasados. El calor fue sofocante de día y también de noche. Casi un mes después, las autoridades europeas calculan que el número de fallecidos por enfermedades relacionadas con el calor extremo podrían sumar 20 mil. Las proyecciones en Francia apuntan a cinco mil 764 víctimas fatales del 17 de junio al 2 de julio; en Alemania, cinco mil 120 (la mayoría, personas adultas mayores); Bélgica casi dos mil y España se acercó a los mil decesos, sólo por mencionar algunos casos. Pérdidas humanas que no deben verse como una cifra o una estadística más, sino como una consecuencia de la falta de seriedad de los países para aumentar los compromisos adquiridos en el Acuerdo de París en 2015. Si bien hay avances, la quema de combustibles fósiles sigue dominando. El financiamiento verde es un pendiente. El negacionismo domina narrativas y socava la cooperación internacional. Y nadie quiere hacerse cargo de las pérdidas y daños. 

A lo anterior se suma, lo que sucede que el suroeste de Francia, en la zona de Burdeos, que enfrentan incendios forestales de gran magnitud e incontrolables que, obligaron a evacuar a más de 340 mil personas, con miles de hectáreas calcinadas; además, se formaron nubes de humo tóxicas y peligrosas que contaminan el aire y abonan a las emisiones de gases de efecto invernadero, que son, justo, las que tienen al planeta hirviendo. Hace unos días un reporte de la organización WWA reportaba que las precipitaciones en Europa han estado por muy por debajo de la media (desde 2023), a lo cual se sumaron sucesivas olas de calor que intensificaron sequías en casi todo el continente, de ahí las afectaciones a la agricultura, ríos con bajo caudal e incendios forestales. Aquí no para el desastre. Los servicios meteorológicos anuncian que en agosto comienza la cuarta “ola de calor”. El cambio climático ha dejado de ser un asunto exclusivo de expertos, ambientalistas y de gobiernos. Y hoy día, fijará la disponibilidad de agua, el costo de los alimentos, los movimientos migratorios, la infraestructura de nuestras ciudades y la competitividad de las economías durante las próximas décadas. En otras palabras, hablar del clima es hablar del futuro de nuestra propia sobrevivencia como seres humanos.

Paradójicamente, mientras la ciencia acumula evidencias con una precisión cada vez mayor, buena parte de las decisiones políticas continúa respondiendo a horizontes de corto plazo. El dinero necesario para empujar la transición energética se enfrenta a intereses económicos opuestos. Esa diferencia de intereses explica, en buena medida, por qué el conocimiento avanza más rápido que las respuestas gubernamentales. La OMM ha venido advirtiendo que el calentamiento de los océanos y el aumento del nivel del mar tendrán efectos que persistirán durante cientos de años. No significa que el destino esté escrito, pero sí que algunas consecuencias ya forman parte de nuestra realidad. Cada año de retraso incrementa el costo económico, social y humano de la adaptación. El debate y la discusión científica nos obliga a preguntarnos, si estamos preparados para enfrentar sus consecuencias. Y la respuesta es que no, “por los intereses geopolíticos y económicos de la industria de los combustibles fósiles y su gran poder político, como el de las empresas del petróleo, gas y carbón, y la dependencia energética de muchos países que han detenido su inversión en energías limpias, reorientando su gasto al equipamiento armamentístico para enfrentar conflictos armados que generan emisiones masivas de carbono”.

En México se quemaron durante el 2024 más de 1.6 millones de hectáreas, lo que conllevó a  problemas muy severos: despoblación rural, gestión forestal debilitada, brigadas precarizadas, un pacto de Estado que ni siquiera se ha empezado a discutir. El incendio europeo de 2026 no es sólo una crónica del calentamiento global, es el ensayo general del tipo de emergencia que va a definir al Estado del siglo XXI.  La fuerza de la naturaleza llega y arrasa con todo a su paso. En cuestión de segundos, un huracán inunda y destruye ciudades, un sismo derrumba edificios y casas, un incendio forestal devora bosques y comunidades enteras. Lo inquietante es que estos eventos, que antes parecían extraordinarios, hoy se multiplican en frecuencia e intensidad. Científicos de todo el mundo coinciden en que el cambio climático ha acelerado un ciclo que nos coloca en un escenario inédito: cada región del planeta es vulnerable, cada sociedad está expuesta, y lo que antes era “excepción” ahora es rutina. Nadie se salva, ni los países ricos con sus enormes infraestructuras ni los países pobres con su frágil desarrollo. La diferencia está en el precio: unos pagan con grandes pérdidas económicas, otros con pérdida de vidas. La naturaleza nos ha hablado con fuerza; ahora toca decidir si seguimos de espaldas a su advertencia o si, por fin, aprendemos a escuchar lo que se nos viene. Fuentes: Word Heather Attribution: Informe junio 2026; CONAFOR Informe Mayo 2026

ES CUANTO

ADDENDUM: A raíz del terremoto que asolo Venezuela hace un par de meses, México ha enviado más de mil toneladas de ayuda humanitaria en distintos embarques, que incluyen víveres, medicinas y equipo de apoyo logístico. Estos envíos han sido organizados por la Secretaría de la Defensa Nacional, instituciones educativas y la comunidad venezolana en México. Sin embargo, habiendo en nuestro país regiones con una pobreza patrimonial y laboral en Chiapas, Guerrero y Oaxaca que alcanza el 80% de sus pobladores, el gobierno mexicano prefiere “lavarse la cara” y enviar ayuda a otro país, que voltear hacia sus ciudadanos del sur-sureste para aliviar su situación económica.

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