POLÍTICA ANIMAL

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Ángel Yuing Sánchez /Chiapas Observa

“Cuando la tribuna invade la cancha”

Estamos a unas cuantas horas de que el árbitro haga sonar el primer silbatazo del Mundial 2026.

Noventa minutos después, millones de personas en el planeta volverán a hacer lo mismo que han hecho durante generaciones: creer.

Creer que un balón puede cambiar la historia.

Creer que una camiseta representa algo más grande que once jugadores.

Creer que durante un instante el fútbol es capaz de unir lo que la política, la religión y las guerras se empeñan en separar.

Por eso el fútbol sigue siendo el deporte más importante del planeta.

Porque no se juega solamente en los estadios.

Se juega en los barrios.

En los parques.

En las calles.

En los llanos.

Y sobre todo en la memoria de quienes alguna vez fueron niños.

México llega a este Mundial en medio de una polarización política que parece no tener descanso. Desde las tribunas legislativas hasta las redes sociales, pasando por los conflictos sindicales, las disputas partidistas y las interminables guerras ideológicas que dominan la conversación pública.

Vivimos tiempos donde todo se confronta.

Todo se divide.

Todo se convierte en campo de batalla.

Y quizás por eso me llamó la atención lo ocurrido el domingo pasado en una cancha infantil de Tuxtla Gutiérrez.

Porque en el fondo refleja exactamente lo que le está ocurriendo al país.

Conozco a Rubén Zuarth Esquinca.

Conozco más al padre que al político.

Más al ser humano que al dirigente partidista.

Y sé perfectamente que ese día no llegó a una cancha de fútbol como diputado, ni como presidente estatal del PRI, ni como figura pública.

Llegó como llegan miles de padres cada fin de semana.

A sufrir.

A gritar.

A emocionarse.

A celebrar.

A vivir esa locura maravillosa que consiste en ver jugar a un hijo.

Quienes alguna vez han estado en una tribuna infantil saben perfectamente de qué hablo.

El fútbol tiene esa capacidad extraordinaria de convertir a personas perfectamente racionales en aficionados irracionales durante noventa minutos.

Porque el fútbol no se observa.

Se siente.

Y muchas veces se siente demasiado.

Lamentablemente, la pasión terminó abandonando la cancha.

Y cuando la pasión abandona la cancha suele transformarse en otra cosa.

En enojo.

En resentimiento.

En confrontación.

En guerra.

Lo que comenzó como parte de la emoción de un partido infantil terminó trasladándose a las redes sociales, donde los algoritmos hacen lo que mejor saben hacer: amplificar conflictos.

De pronto ya no importaba el partido.

Ya no importaban los niños.

Ya no importaba el deporte.

Importaba la disputa.

Importaba el señalamiento.

Importaba ganar una batalla que nunca debió existir.

Y fue entonces cuando la tribuna invadió la cancha.

Es exactamente lo mismo que está ocurriendo en muchas partes del mundo.

Hace unos días escribí sobre la selección de Irán llegando al Mundial en medio de la guerra.

Un equipo obligado a cargar conflictos que no nacieron en una cancha.

Un equipo convertido en símbolo de disputas que nada tienen que ver con el fútbol.

Algo parecido ocurre cada vez que los adultos utilizan espacios deportivos para librar sus propias confrontaciones.

Los niños llegan como futbolistas.

Los adultos terminan convirtiéndolos en soldados de causas ajenas.

Y ahí es donde el deporte pierde.

Porque una liga infantil no debería producir enemigos.

Debería producir amigos.

No debería fabricar bandos.

Debería construir comunidad.

No debería convertirse en un campo de batalla emocional.

Debería seguir siendo un lugar donde los niños aprendan a ganar sin soberbia y a perder sin rencor.

Eso es lo verdaderamente lamentable de esta historia.

No el señalamiento.

No la polémica.

No la discusión.

Lo verdaderamente lamentable es que los adultos olvidemos por un momento que el fútbol infantil no existe para alimentar nuestras diferencias.

Existe precisamente para recordarnos todo aquello que todavía nos une.

Porque cuando la tribuna invade la cancha, el partido deja de ser fútbol.

Y cuando eso ocurre, los primeros que pierden siempre son los niños.

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