U T O P I A
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Javier Figueroa
CINE DEL VALLE: LA NOSTALGIA DE UN GIGANTE QUE SE NIEGA A MORIR. LA PANTALLA SE APAGÓ, PERO LA MEMORIA PERMANECE
Hoy sentí un nudo en la garganta al encontrarme sentado, en la Casa de las Tlayudas, frente a lo que alguna vez fue el emblemático Cine del Valle, en mi querida tierra natal, Cintalapa de Figueroa. Verlo en las condiciones en que se encuentra actualmente, prácticamente abandonado y consumido por el paso del tiempo, me llenó de una profunda nostalgia.
De inmediato, mi mente viajó a aquellos años en que este lugar era punto de encuentro para familias enteras, amigos y enamorados que acudían con entusiasmo a disfrutar de las películas que daban vida a la pantalla grande. Vinieron a mi memoria personajes entrañables como don Roger González, don Sarita, doña Julietita y toda esa apreciada familia que durante muchos años sostuvo con esfuerzo y dedicación este espacio de entretenimiento para los cintalapanecos.
También recordé a Pablo, siempre atento en el proyector, haciendo posible que la magia del cine llegara a cada función. Seguramente hubo muchos otros rostros que formaron parte de esta historia y cuyos nombres hoy se me escapan, pero que permanecen guardados en el recuerdo de quienes vivimos aquellas épocas.
Cuántas películas desfilaron por esa pantalla. Cuántas emociones se compartieron entre sus butacas. Estamos hablando de varias décadas de historia, de generaciones enteras que encontraron en el Cine del Valle un espacio para soñar, reír, llorar y viajar a través de las historias proyectadas.
Hoy, este edificio permanece atrapado en un litigio que se ha prolongado por muchos años, mientras sus muros guardan silenciosamente los ecos de un pasado glorioso. Sin embargo, más allá del abandono físico, nadie podrá borrar los recuerdos que ahí se construyeron. Porque los edificios envejecen, pero la memoria colectiva permanece viva.
Al contemplar sus viejas paredes, comprendí que no estaba viendo solamente un inmueble deteriorado; estaba mirando una parte importante de la historia de Cintalapa, una parte de nuestra propia historia. Y por un instante, volví a ser aquel niño que llegaba emocionado para sentarse frente a la gran pantalla, dispuesto a dejarse llevar por la magia incomparable del cine. HASTA EL SIGUIENTE COMENTARIO.

