POLÍTICA ANIMAL
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Angel Yuing Sánchez/Chiapas Observa
“Cuando el T-MEC depende de cómo amanezca Trump”
Ayer martes tuve la oportunidad de participar en una videoconferencia particularmente interesante con el doctor José Ángel Gurría, ex secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), ex secretario de Relaciones Exteriores y ex secretario de Hacienda de México.
Estamos hablando de uno de los personajes más influyentes en la construcción de la política económica contemporánea del país, una voz que difícilmente puede ser ignorada cuando se habla del presente y del futuro de México.
El encuentro fue organizado por la Fundación Colosio Nacional, que preside el diputado federal Samuel Palma, bajo la coordinación del maestro Augusto Gómez, y reunió a militantes, académicos, empresarios y actores políticos en la sede del Comité Directivo Estatal del PRI en Chiapas, junto a mi líder y amigo diputado, Rubén Zuarth Esquinca.
La conversación abordó diversos temas, pero hubo uno que particularmente llamó mi atención: el futuro del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).
La explicación de Gurría fue tan clara como preocupante.
Según el ex titular de la OCDE, junio y julio de 2026 representan un momento crítico para el acuerdo comercial más importante de América del Norte. La primera fase formal de revisión ya concluyó, pero los temas realmente complejos apenas comienzan.
Reglas de origen.
Industria automotriz.
Sector agrícola.
Energía.
Acero y aluminio.
Temas laborales.
Mecanismos de solución de controversias.
Lo que originalmente fue presentado como una simple revisión periódica del tratado comienza a perfilarse como una renegociación de gran alcance.
Y eso cambia todo.
Porque la incertidumbre es uno de los peores enemigos de la inversión.
Las empresas no invierten cuando desconocen cuáles serán las reglas del juego dentro de seis meses. Los mercados no reaccionan bien cuando existe la posibilidad de que cambien los acuerdos que sostienen buena parte de la actividad económica regional. Y los inversionistas suelen esperar antes de comprometer capital cuando perciben riesgos políticos o comerciales.
Por eso la advertencia de Gurría no debe pasar desapercibida.
México enfrenta simultáneamente varios factores de presión.
Por un lado, la revisión del T-MEC.
Por otro, las consecuencias acumuladas de decisiones económicas tomadas tanto por el gobierno anterior como por la actual administración.
Y encima de todo ello, la enorme variable llamada Donald Trump.
Sin embargo, hubo otro momento de la conferencia que, en mi opinión, resultó todavía más inquietante.
El doctor José Ángel Gurría puso el dedo en una vulnerabilidad estratégica que pocas veces aparece en el debate público: la dependencia energética de México respecto a Estados Unidos.
Fue contundente.
México depende en gran medida del gas natural estadounidense para mantener funcionando buena parte de su economía.
Lo verdaderamente alarmante es que, según explicó, nuestro país apenas cuenta con reservas suficientes para alrededor de dos días y medio de consumo.
Dos días y medio.
Nada más.
Traducido a términos prácticos, si por alguna razón se interrumpiera el suministro de gas proveniente de Estados Unidos, México podría enfrentar una crisis energética nacional en menos de 72 horas.
No estamos hablando únicamente de electricidad.
Estamos hablando de industrias.
De fábricas.
De cadenas de suministro.
De servicios.
De miles de empresas.
De la actividad económica cotidiana de millones de mexicanos.
Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿qué tan soberano puede ser un país cuya principal fuente de energía depende de una llave que se encuentra del otro lado de la frontera?
La reflexión cobra todavía mayor relevancia en un contexto marcado por tensiones comerciales, disputas migratorias, diferencias en materia de seguridad y la creciente presión que Washington ejerce sobre México en temas relacionados con el narcotráfico.
Porque mientras desde la política se habla constantemente de soberanía nacional, la realidad económica muestra una dependencia estructural que no puede ignorarse.
Otro tema que llamó la atención fue su análisis sobre el llamado “superpeso”.
Contrario a lo que suele afirmarse desde el discurso oficial, Gurría considera que una moneda excesivamente fuerte también genera problemas.
Afecta las exportaciones.
Reduce el valor de las remesas.
Resta competitividad al turismo.
Se pierde por un lado buena parte de lo que aparentemente se gana por el otro.
En otras palabras, no todo lo que parece fortaleza necesariamente lo es.
Por eso dejó una pregunta que vale la pena reflexionar:
¿Entienden realmente las autoridades mexicanas la complejidad del fenómeno económico que hoy enfrenta el país?
La pregunta no es menor.
Porque mientras el debate público suele concentrarse en la política cotidiana, las campañas y los conflictos partidistas, existen decisiones económicas que determinarán el crecimiento, el empleo y la estabilidad financiera de los próximos años.
Y en este momento, buena parte de esas decisiones están ocurriendo alrededor de una mesa de negociación donde se juega mucho más que un tratado comercial.
Se juega la confianza.
Se juega la inversión.
Se juega la competitividad.
Y también se juega la capacidad de México para reducir dependencias estratégicas que hoy lo colocan en una posición de vulnerabilidad frente a su principal socio comercial.
Quizá la frase más dura de toda la conferencia fue precisamente la más sencilla.
Al referirse al escenario económico de los próximos meses, Gurría resumió buena parte de la incertidumbre con una expresión que provocó más de una sonrisa nerviosa entre los asistentes:
“También dependerá de cómo amanezca el presidente Trump”.
Y aunque parezca una broma, no lo es.
La economía mexicana se encuentra profundamente vinculada a Estados Unidos.
Una declaración presidencial, un nuevo arancel, una amenaza comercial, una decisión energética o un cambio de postura en Washington puede modificar mercados, inversiones y expectativas prácticamente de la noche a la mañana.
Por eso la revisión del T-MEC no es un trámite.
Es una prueba de resistencia para México.
Y los próximos meses podrían definir mucho más que un acuerdo comercial.
Podrían definir el rumbo económico del país durante la próxima década. Fin.
