A FUEGO LENTO
Alberto Ramos García
Agoniza el campo mexicano
México presume modernidad, megaproyectos y discursos de transformación, pero mientras el poder político concentra recursos en obras emblemáticas, el campo mexicano agoniza entre el abandono, la sequía y la falta de apoyo real.
La tragedia no es solamente económica, es social, alimentaria y hasta moral. Un país que descuida a quienes producen sus alimentos está condenado a depender del exterior y a profundizar la pobreza rural.
El gobierno de Morena llegó prometiendo una “transformación histórica” para los sectores olvidados, sin embargo, la realidad del agro demuestra que el discurso no siempre coincide con los resultados. Mientras miles de millones de pesos se destinaron al Tren Maya, Dos Bocas o el AIFA, el presupuesto agrícola sufrió recortes reales y una reorientación más asistencialista que productiva. Diversos análisis señalan que el presupuesto de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER) en 2024 fue incluso menor, en términos reales, al de 2019.
El problema de fondo no es únicamente cuánto dinero se asigna, sino cómo se utiliza.
Hoy el gobierno presume programas como “Producción para el Bienestar”, fertilizantes gratuitos y “Sembrando Vida”, enfocados principalmente en pequeños productores.
De acuerdo con datos oficiales, estos programas han beneficiado a millones de campesinos y aumentado los apoyos directos, pero también es cierto que numerosos especialistas y organismos agrícolas advierten que la política agropecuaria actual privilegia la transferencia social sobre la productividad, la innovación y la competitividad.
El resultado está a la vista, productores medianos y grandes quedaron prácticamente excluidos de programas estratégicos; desaparecieron apoyos a comercialización, coberturas de riesgo, seguros agropecuarios y financiamiento competitivo. En un mercado global donde Estados Unidos y otras potencias subsidian fuertemente a sus agricultores, México dejó a muchos de los suyos librando solos la batalla.
Y mientras el gobierno habla de soberanía alimentaria, México continúa importando enormes cantidades de maíz, trigo y otros granos básicos. La autosuficiencia prometida sigue siendo más un lema político que una realidad productiva.
A esto se suma otro golpe devastador: el cambio climático.
Sequías históricas, lluvias torrenciales, incendios forestales y temperaturas extremas han reducido cosechas enteras y puesto en riesgo la seguridad alimentaria nacional; el campesino mexicano enfrenta hoy un doble abandono, el de la naturaleza y el del Estado.
Sin tecnificación, sin sistemas de riego modernos, sin capacitación y sin acceso suficiente al crédito, millones de productores sobreviven apenas al día.
La situación es especialmente grave en las comunidades rurales más pobres. Allí donde el campo debería ser motor de desarrollo, hoy es sinónimo de migración, envejecimiento poblacional y desesperanza.
Los jóvenes abandonan las parcelas porque trabajar la tierra ya no garantiza un futuro dign, el relevo generacional está desapareciendo y con él también se extingue buena parte de la identidad agrícola del país.
El abandono del campo mexicano tiene décadas gestándose, los gobiernos priistas construyeron durante años un modelo profundamente corporativista y clientelar.
El campesino dependía de subsidios políticos, organizaciones afines al régimen y estructuras plagadas de corrupción.
Durante los años del PRI hubo infraestructura hidráulica importante y expansión productiva, pero también enormes desigualdades, los grandes productores concentraban la mayor parte de los apoyos, mientras los pequeños sobrevivían con migajas.
Con los gobiernos panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón se apostó por una lógica más orientada al libre mercado y a la competitividad internacional.
Programas como Procampo y apoyos a exportaciones fortalecieron ciertas regiones agrícolas altamente productivas, especialmente en el norte del país, sin embargo, muchos pequeños productores quedaron rezagados frente a la apertura comercial derivada del TLCAN.
El PAN favoreció la agroindustria, pero no logró reducir la pobreza rural ni resolver la dependencia alimentaria.
Morena, por su parte, cambió el enfoque, retiró muchos apoyos orientados a productividad y concentró recursos en programas sociales directos.
La intención de atender primero a los pequeños productores puede considerarse positiva, pero la estrategia terminó debilitando mecanismos técnicos, financieros y comerciales necesarios para hacer competitivo al sector.
El resultado es un campo con más subsidios sociales, pero no necesariamente más producción, tecnología o rentabilidad.
El PRI construyó un modelo clientelar y desigual, aunque con inversión importante en infraestructura agrícola.
El PAN fortaleció la agroindustria y la apertura comercial, beneficiando sobre todo a productores competitivos y exportadores.
Morena priorizó apoyos directos y programas sociales rurales, pero sacrificó instrumentos productivos clave y redujo incentivos para modernizar el campo.
Ninguno de los tres modelos ha logrado resolver el problema estructural del agro mexicano, que es producir más, con sustentabilidad, justicia social y verdadera soberanía alimentaria.
Hoy el campo mexicano necesita mucho más que discursos ideológicos.
El campo mexicano no pide privilegios; exige condiciones para sobrevivir pero mientras los gobiernos sigan viendo al agro como herramienta electoral y no como prioridad estratégica, México continuará caminando hacia una crisis alimentaria silenciosa.
Nos leemos mañana , Dios mediante
